
Tras una crisis política que parecía abocar al país a unas elecciones anticipadas, el rey Felipe se negó a aceptar la dimisión del primer ministro. La visita al Palacio terminó con un ultimátum real: los cinco partidos de la coalición prometieron hacer concesiones y De Wever dispone de diez días para encontrar los 10.000 millones de euros necesarios para sanear las finanzas del país.
(Redacción: Bélgica / Política y Economía)
Lo que a comienzos de semana parecía el final de la carrera política de Bart De Wever se convirtió el viernes en una lección de diplomacia real. Tras una serie de intensas consultas con los presidentes de los cinco partidos de la coalición de gobierno, el rey Felipe anunció que no aceptaba la dimisión del primer ministro y le concedía un nuevo mandato para desbloquear las negociaciones presupuestarias.
La decisión del monarca no es habitual. Se produjo después de que De Wever presentara su dimisión el lunes por la mañana, tras una noche maratoniana de conversaciones infructuosas. Sin embargo, el rey optó por no sumir al país en una crisis electoral y presionar a la clase política para que encontrara una solución.
La promesa de los cinco partidos
El comunicado del Palacio Real es muy claro. El rey Felipe tomó nota del «compromiso formal» de los cinco presidentes de partido de hacer concesiones y alcanzar un acuerdo en el seno del Gobierno. El monarca subrayó «la importancia de un equilibrio justo entre el mantenimiento de la cohesión social y el estímulo del crecimiento económico».
«Cada presidente de partido se ha comprometido a dar prioridad al compromiso y al sentido de la responsabilidad para lograrlo», señala el comunicado citado por la prensa belga. En la práctica, el rey transmitió a los líderes políticos que no aceptaría excusas y que debían asumir su responsabilidad de gobierno.
Diez días para salvar Bélgica
El nuevo plazo vence el 16 de noviembre. Para entonces, Bart De Wever debe reanudar de inmediato las negociaciones presupuestarias y presentar un informe detallado al rey. Esta prórroga de diez días es esencial para evitar un sistema de presupuestos provisionales por doceavas partes, que frenaría las inversiones públicas y enviaría una señal negativa a los mercados financieros.
El objetivo sigue siendo enorme: encontrar unos 10.000 millones de euros para evitar una espiral de deuda pública. El Banco Nacional de Bélgica ya ha advertido de que, sin reformas estructurales, los intereses se convertirán en una carga insoportable en los próximos años.
Las tensiones siguen siendo enormes
Aunque el rey ha conseguido reunir a todos en la misma mesa, los problemas de fondo no han desaparecido. Los socialistas de Vooruit siguen reclamando que quienes tienen más capacidad económica —las grandes fortunas— contribuyan más mediante impuestos, mientras que los liberales del MR rechazan categóricamente cualquier subida fiscal. Este enfrentamiento ideológico fue la principal causa del bloqueo de la semana pasada.
Ahora los cinco partidos están sometidos a la presión de la opinión pública. Si vuelven a fracasar, demostrarán que no son capaces de gobernar, y el rey podría verse obligado a aceptar la dimisión y convocar elecciones anticipadas.
Conclusión
La decisión del rey Felipe es un ejercicio de equilibrio político y responsabilidad constitucional. Al no aceptar la dimisión, ha evitado una grave crisis institucional, pero ha puesto la responsabilidad directamente en manos de los partidos. Bart De Wever tiene ahora la oportunidad de demostrar que es un negociador eficaz. Sin embargo, con un plazo tan breve y posiciones tan rígidas, los próximos diez días serán una prueba decisiva para el futuro de Bélgica. Está por ver si las buenas palabras pronunciadas en Palacio se traducen en hechos en la mesa de negociación.






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