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by Tomeci Press Publications

Manuscrito escrito a mano, tintero y pluma sobre un escritorio de madera

En un debate ampliamente difundido, el historiador Raphaël Doan cuestiona la idea de que los saqueos durante las protestas actuales continúen la tradición de las revoluciones francesas del siglo XIX. Los testimonios históricos muestran una realidad incómoda para quienes confunden revuelta con saqueo: los revolucionarios de 1830 y 1848 intentaban frenar los robos, no glorificarlos.

(Redacción: Francia / Historia y sociedad)


Francia mantiene una relación compleja con su pasado revolucionario. Desde 1789, cada generación ha tendido a invocar el espíritu de los revolucionarios anteriores para justificar sus propias revueltas. En los últimos años, cuando ardieron coches en las calles de París y se saquearon comercios durante las protestas, ciertos discursos intentaron vincular esas escenas con una supuesta tradición de «revuelta popular». El historiador Raphaël Doan considera engañosa esa comparación en una intervención que provocó numerosas reacciones.

Doan, historiador y ensayista francés conocido por sus trabajos sobre democracia e instituciones, publicó en las redes sociales un análisis que cuestiona esta confusión punto por punto. Su idea central es clara: los revolucionarios de 1830 y 1848 no glorificaban a los saqueadores; los relatos de la época describen una postura firme contra el robo.

Banderas que contradicen el mito

Uno de los argumentos más sólidos de Doan se refiere a un detalle histórico que a menudo se pasa por alto en los libros escolares: las banderas de los insurgentes durante la Revolución de Julio de 1830 y la Revolución de Febrero de 1848 pedían orden, no saqueos. En ellas podía leerse: «Respect pour les propriétés; mort aux voleurs» («Respeto por la propiedad; muerte a los ladrones»).

No era solo un eslogan. Muchos insurgentes eran pequeños propietarios, artesanos y trabajadores que reclamaban derechos políticos y mejores condiciones laborales, no el derecho a saquear tiendas. Para ellos, la propiedad representaba el fruto del trabajo y el robo amenazaba a la comunidad. Sin embargo, el contexto histórico es complejo: la existencia de ese lema no significa que todos los revolucionarios ni todos los episodios siguieran un mismo patrón.

Testimonios que matizan el panorama

Doan cita dos fuentes del siglo XIX. Louis Blanc, pensador socialista que escribió sobre la Revolución de Julio, describió en «Histoire de dix ans» (1842) cómo los vecinos organizaron patrullas para proteger los bienes. Su relato presenta una respuesta severa ante los robos y destaca los esfuerzos de los parisinos por mantener el orden.

La segunda fuente es Marie d’Agoult, escritora que narró la Revolución de 1848. Describió grupos de ciudadanos que vigilaban las salidas del Palais-Royal para impedir o castigar los robos. Aunque hubo daños en edificios simbólicos, su testimonio también menciona esfuerzos por limitar las pérdidas y entregar objetos valiosos a las autoridades competentes. Estos relatos iluminan episodios concretos, pero no resuelven por sí solos todas las cuestiones sobre las revoluciones.

¿Por qué importa hoy esta distinción?

El debate iniciado por Doan no es solo académico. Afecta a una cuestión actual en Francia. Durante las protestas de los Chalecos Amarillos de 2018-2019 y otras manifestaciones, algunos comentaristas presentaron los saqueos como expresión de la ira popular o incluso como resistencia legítima al capitalismo. Doan sostiene que utilizar el pasado revolucionario para justificar esos actos simplifica indebidamente la historia.

Confundir las reivindicaciones sociales legítimas con la violencia de grupos de vándalos es tanto un error histórico como una trampa política. Cuando se disculpan los saqueos en nombre de una tradición revolucionaria, puede debilitarse la solidaridad que muchos insurgentes de épocas anteriores pretendían defender. Los pequeños comerciantes, artesanos y trabajadores suelen ser de los primeros perjudicados cuando sus negocios son atacados o destruidos.

Una tradición que merece revisarse

El argumento de Doan devuelve la atención a una cuestión olvidada: una revolución puede derribar un orden, pero también intentar establecer otro basado en la justicia. Para algunos insurgentes de 1830 y 1848, eso incluía respetar el trabajo y los bienes ajenos. No es solo un argumento conservador, sino también un principio social: la dignidad del trabajo y la protección de las personas vulnerables frente a quienes se aprovechan de ellas, sean quienes sean.

Conclusión

Francia no necesita una revolución definida por coches incendiados y escaparates destrozados. Quizá necesite recuperar el sentido cívico que impulsó a algunos participantes de las revoluciones de 1830 y 1848. El lema «¡Muerte a los ladrones!» representa una parte de esa historia, pero el pasado es más complejo que una sola bandera. Nos recuerda que la protesta social y la destrucción del sustento de otras personas no son lo mismo.

Multitud reunida en una sala ornamentada con el rótulo Salle des Réunions

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