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by Tomeci Press Publications

Un trabajador registra el inventario junto a altas pilas de cajas de ropa en un almacén
Un trabajador registra el inventario entre altas pilas de cajas de ropa en un almacén concurrido.

En Aubervilliers, al norte de París, la comunidad china ha creado un importante núcleo económico mediante el trabajo y la discreción, mientras que parte de la comunidad norteafricana afronta dificultades de integración económica. Un documental de DW exploró las tensiones, a menudo invisibles, entre quienes han construido negocios y quienes sienten que se han quedado atrás.

(Redacción: Francia / Sociedad y economía)


A solo diez kilómetros del centro de París, en el suburbio de Aubervilliers, existe un mundo comercial con sus propios ritmos. Cerca del canal Saint-Denis, más de 700 comerciantes chinos han establecido un importante centro mayorista de ropa que ocupa 55.000 metros cuadrados. La jornada empieza antes del amanecer y termina después de la puesta de sol; las mercancías se manipulan a mano y los ingresos suelen reinvertirse en los negocios.

En las mismas calles y entre los mismos edificios de hormigón vive otra comunidad: personas de origen norteafricano cuyas experiencias de integración económica son diversas y, para algunas, difíciles. Un documental de la cadena alemana DW puso estas realidades en perspectiva y examinó tensiones presentes desde hace años.

Un centro económico construido con trabajo

La comunidad china de Aubervilliers no surgió de la noche a la mañana. Sus raíces se remontan a la década de 1990, cuando los primeros comerciantes, muchos procedentes de Wenzhou, comenzaron a abrir pequeños talleres y almacenes. Trabajaron durante largas jornadas, abrieron tiendas, transportaron mercancías y aprendieron cómo funcionaba la administración francesa.

Hoy, los resultados de esos esfuerzos son visibles. Miles de familias de origen chino han comprado viviendas, ampliado sus negocios y contribuido a transformar una zona industrial deteriorada en un importante centro comercial. Muchas trabajan discretamente, se centran en sus empresas, invierten en su comunidad y construyen su futuro lejos de los focos públicos.

Una segunda comunidad, otra realidad

En la misma zona, las personas de origen norteafricano afrontan sus propios retos. La integración económica puede ser más lenta y algunas sienten una profunda marginación. Según las observaciones comentadas en el documental, algunas personas que luchan con estas dificultades pueden percibir el éxito de sus vecinos chinos no como un ejemplo, sino como una amenaza. Se trata de una percepción recogida en el reportaje, no de una descripción de ninguna de las dos comunidades en su conjunto.

Esta visión puede estar alimentada por una idea simplista de la economía: la riqueza se considera un pastel fijo, un recurso limitado que hay que repartir. Si el vecino chino gana más, se supone que otra persona pierde automáticamente. Lo que puede quedar fuera de la vista es el esfuerzo diario, las largas jornadas, los riesgos asumidos y la reinversión constante. Desde fuera, quizá solo se vea el resultado: tiendas concurridas, edificios renovados y coches más nuevos.

Cuando la tensión se convierte en violencia

Las tensiones descritas en los relatos sobre el barrio no se limitan al resentimiento. A lo largo de los años, miembros de la comunidad china de Aubervilliers han sido víctimas de delitos, incluidos robos y agresiones callejeras contra comerciantes y sus familias. En 2016, el asesinato de Zhang Chaolin, un sastre chino atacado en la calle, provocó grandes protestas y renovó las demandas de mayor seguridad.

El autor de la publicación en la que se basa este artículo señala una interpretación preocupante: la preferencia por la tolerancia y por evitar los enfrentamientos, atribuida a algunos inmigrantes chinos, podría ser interpretada por los agresores como una señal de debilidad. Cualesquiera que sean los motivos en cada caso, las personas que solo quieren vivir tranquilamente deben poder hacerlo con seguridad.

Un espejo incómodo para la sociedad francesa

El problema no consiste únicamente en que dos comunidades tengan dificultades para convivir. También plantea preguntas sobre si el modelo francés de integración ha ofrecido las mismas oportunidades a todos. El artículo atribuye parte del éxito empresarial de la comunidad china a sus sólidas redes de apoyo mutuo y a la importancia que concede al trabajo y al ahorro, pese a las barreras lingüísticas y a la falta de contactos. Otros residentes quizá no hayan contado con redes comparables, y las políticas públicas no siempre han logrado compensar esa diferencia.

Así puede surgir un círculo vicioso: la frustración alimenta el resentimiento, que puede contribuir a la violencia; esta, a su vez, agrava el aislamiento y el miedo. En medio quedan personas que han trabajado durante años para construir un hogar y un medio de vida, pero que terminan teniendo miedo de salir a la calle.

Conclusión

Aubervilliers se presenta aquí como un reflejo de una Europa que todavía tiene dificultades para gestionar la diversidad y la desigualdad. El éxito económico de una comunidad no debería ser una amenaza para otra. Cuando el trabajo y la disciplina provocan envidia en lugar de respeto, la cuestión ya no es solo quién ha construido qué, sino qué tipo de sociedad queremos. En un barrio donde mundos distintos comparten las mismas aceras, el verdadero reto no es únicamente el acceso a los recursos, sino también la dignidad y la seguridad de todos.

Personas reunidas junto a una parada de autobús entre edificios residenciales al anochecer

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