The Weekend Magazine

by Tomeci Press Publications

Ilustración de una aldea junto a un río, con casas de techo de paja, barcas, personas y vegetación tropical

En 1942, cientos de niños polacos que habían sobrevivido a los gulags soviéticos fueron rechazados puerto tras puerto. Un maharajá de la India abrió las puertas de su reino, construyó un hogar para ellos y les dijo algo sencillo: «No sois huérfanos. Yo soy vuestro Bapu».

(Redacción: India y Polonia / Historia y memoria)

Hay momentos en la historia en los que la humanidad afronta una de sus pruebas más difíciles. La respuesta no llega entonces de las grandes potencias, ni de las organizaciones internacionales ni de las conferencias de paz, sino de una sola persona que decide que las reglas políticas no pueden estar por encima de una conciencia despierta.

En el verano de 1942, mientras la Segunda Guerra Mundial devastaba Europa y Asia, unos 740 niños polacos se encontraban a bordo de un barco frente a las costas de Irán. No eran turistas. Habían sobrevivido a las deportaciones soviéticas a Siberia. Muchos eran hijos de la élite intelectual polaca, cuyas familias habían sido detenidas, privadas de alimento y separadas. Algunos habían visto morir a sus familiares durante el viaje; otros llevaban años sin saber si alguien de su familia seguía vivo.

Después de un viaje agotador por Turkmenistán e Irán, solo les quedaba una certeza amarga: el mundo no los quería.

Puerto tras puerto, rechazo tras rechazo

Las grandes potencias del mundo libre no se apresuraron a acogerlos. Gran Bretaña, que administraba la India, estaba absorbida por la guerra. Estados Unidos mantenía cuotas de inmigración estrictas y los dominios británicos también imponían barreras. Los niños eran demasiado pequeños para combatir, estaban demasiado enfermos para trabajar y eran demasiado pobres para pagar su estancia. En la fría lógica de la burocracia, no eran una prioridad.

Las autoridades británicas solo estaban dispuestas a ayudar a unos cientos de refugiados, mientras más de un millón de polacos necesitaban ayuda. Cada día en el mar o en campamentos provisionales suponía menos comida, menos medicinas y más desesperación. Los niños se debilitaban y algunos enfermaban. Con cada rechazo, su futuro parecía reducirse.

El hombre que preguntó: «¿Cuántos son?»

Lejos de las salas de conferencias donde se decidía el destino de los refugiados, un hombre de 47 años leía sobre su situación en el estado principesco de Nawanagar, en el noroeste de la India. Se llamaba Jam Sahib Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadeja. No era un político elegido ni un emperador y no mandaba ejércitos. Era el maharajá de un estado principesco, un aristócrata formado en Londres con una sólida trayectoria militar y diplomática.

Cuando supo que los niños estaban varados, no pidió un debate ni invocó tratados. Hizo una sola pregunta: «¿Cuántos son?»

La respuesta fue: 740.

Para él, aquello bastaba.

Balachadi: un hogar construido desde cero

El maharajá no se limitó a ofrecerles un refugio temporal. Decidió crear un lugar en el que pudieran sentirse como en casa. Eligió un terreno junto a su residencia de verano, en la aldea de Balachadi, a unos 27 kilómetros de la capital, Jamnagar. Aportó terrenos, fondos y trabajadores, y ordenó plantar árboles, plataneros, papayos y flores. Se construyeron viviendas, un comedor, una cocina, almacenes y una escuela.

Los niños llegaron en julio de 1942, débiles y enfermos, con carencias vitamínicas y enfermedades de la piel. Muchos no tenían zapatos y vestían harapos. Algunos apenas tenían dos años. Sin embargo, por primera vez en años encontraron una cama, una comida caliente y a un adulto que les sonreía.

El campamento de Balachadi funcionaba como una pequeña comunidad autónoma. Tenía una escuela con enseñanza primaria, jardín de infancia y secundaria, además de biblioteca, actividades extraescolares, representaciones teatrales, competiciones deportivas y excursiones. En 1943 se creó un grupo de scouts de unos 200 niños. Se celebraban las festividades polacas y los pequeños aprendían sobre su patria, que algunos nunca habían llegado a conocer.

«No sois huérfanos»

Para muchos niños, el recuerdo más poderoso no fue un edificio ni una lección, sino una frase. El maharajá solía visitarlos, conversar con ellos y participar en sus celebraciones. Con una ternura que hacía mucho que no conocían, les decía: «No os consideréis huérfanos. Yo soy vuestro Bapu», es decir, «padre» en hindi.

Para los niños que habían perdido a sus padres en los gulags, en los trenes o en los caminos del exilio, aquellas palabras tenían un valor que ningún documento oficial podía igualar. No se trataba solo de comida y cobijo, sino de dignidad y del derecho a volver a ser niños.

Una gratitud que atraviesa generaciones

Tras la guerra, los niños se marcharon. Algunos regresaron a Polonia; otros emigraron a Estados Unidos, Canadá, Australia o el Reino Unido. Pero su vínculo con la India perduró. Muchos conservaron fotografías, cartas y recuerdos. Algunos aprendieron hindi. Otros contaron a sus hijos y nietos la historia del príncipe que los acogió cuando nadie más quiso hacerlo.

El reconocimiento oficial tardó en llegar, pero llegó. En 2016, cincuenta años después de la muerte del maharajá, el Sejm polaco aprobó una resolución en honor al «Buen Maharajá» por su ayuda a los niños polacos durante la guerra. El presidente de Polonia le concedió póstumamente la Cruz de Comendador de la Orden del Mérito. Hoy, en el distrito de Ochota, en Varsovia, hay una plaza y un monumento dedicados a él. En Israel, una estatua también recuerda su papel en la salvación de niños polacos y judíos.

En Balachadi, India, un memorial señala el lugar donde un príncipe decidió que la humanidad no era una cuestión de política exterior.

Conclusión

La historia de los 740 niños polacos es mucho más que una lección de generosidad. Enseña lo que significa tener poder y utilizarlo en favor de los demás. El maharajá de Nawanagar no tenía obligación legal de ayudarlos, no perseguía ningún interés estratégico y no recibió nada a cambio. Ante un sufrimiento real, sencillamente no encontró ninguna justificación suficientemente buena para decir que no.

En un mundo en el que los refugiados siguen siendo tratados con demasiada frecuencia como un problema y la compasión se calcula en función de los presupuestos y las encuestas electorales, su ejemplo conserva toda su actualidad. La pregunta no es solo qué podemos hacer, sino si tenemos el valor de hacer algo.

Barco pesquero frente a una aldea costera con una mezquita y equipaje preparado

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